Del letargo rural al… ¿dónde está mi kiosko?

Tras unos días de auténticas vacaciones por tierras del Alt Maestrat castellonense, rodeado de espartanas construcciones de «piedraseca«, almendros, olivos, avellanos, fauna variada, gran embutido y repostería, pan del día, un buen montón de cds, atardeceres frescos seguidos de noches de larga sobremesa y revisión de los conocimientos de astronomía, y pequeños pueblos encantadores donde la gente mayor siempre saluda, vuelvo a la ciudad en estado de letargo semirural.

 

La primera noche urbana me devolvió a la cruda realidad de los aires acondicionados y las sábanas pegajosas. Una providencial y fantástica película francesa sobre la vuelta a los orígenes del entorno rural me permitió estirar mi espíritu silvicultural hasta coger el sueño. La mañana certificó que, como siempre, el centro era un caos debido a las obras del metro. Al día siguiente (era sábado), mi kiosquera hizo desaparecer definitivamente las cáscaras de avellana y los paseos entre alcornoques de mi cabeza. «El 19 de agosto cerraré… ya me he cansado de esto». Una sonrisa triste, su anciano padre siempre sentado junto al mostrador, y las estanterías semi-vacías eran el único acompañamiento de la escena.

Lo siguiente que hice, tras recuperarme del shock kiosquero fue dar un paseo pragmático que me descubriera cual iba a ser mi nuevo y futuro kiosco. Cual fue mi sorpresa al descubrir que de los tres kioscos más cercanos que conocía (además del de la señora de la triste sonrisa), dos de ellos se traspasaban. Y todo esto ha ocurrido en las dos semanas que he estado fuera.

Afortunadamente, un aguerrido y larguirucho kiosquero (con un innegable parecido al contable de Cámera Café) seguirá siendo la gran esperanza blanca del barrio. El kiosco es minúsculo, pero las obras en las que está metido su dueño en el local auguran un futuro prometedor.

He de reconocer que, aún así, entro día si día no con el corazón en un puño, incluso a veces me llevo algo más de lo que tenía previsto por aquello de garantizar su fidelidad. Incluso he estado tentado de presentarle un contrato de permanencia, a imagen y semejanza del que nos imponen con los móviles…

«Fulanito se compromete a abrir su kiosco sito en la calle tal cada mañana […] en caso de cancelación del servicio deberá comunicarlo vía burofax al usuario al menos tres meses antes del cese de la actividad […] nunca en el mes de agosto…».

En fin. Será cosa de hacernos a la idea de que, en un futuro no muy lejano, será tan complicado encontrar un kiosco con prensa como una panadería de barrio. Y a mí que esa triste sonrisa de la kiosquera no se me quita de la cabeza…

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